DOMÈNECH Y LA CULTURA

La implicación de Domènech en la cultura y la sociedad catalana no se dio únicamente en su ejercicio profesional como arquitecto, si no en muchas otras disciplinas.

ARTES GRÁFICAS

Domènech cultivó el arte de la redacción y de la decoración en el universo del libro, fruto de su rica herencia familiar en este campo.

Su padre, Pere Domènech i Saló, fue uno de los mejores encuadernadores de la época, especializado en la recuperación de la técnica de las encuadernaciones artísticas de gran calidad. Tras la muerte de su padre en 1873, Domènech se incorporó a la empresa familiar para ayudar su hermano Eduard.

En esa época se adentró en el mundo de las artes gráficas y colaboró directamente con las principales imprentas y editoriales del momento (Espasa Editores, Montaner y Simón, la Renaixensa, J. Jepús, etc.), así como en una serie de trabajos con su hermano (Biblioteca Arte y Letras, revista Arte y letras) y otras publicaciones. Entre 1886 y 1897, la editorial Montaner y Simón publicó, bajo la dirección de Domènech, la monumental Historia general del arte, con una primera parte escrita e ilustrada por Domènech y que posteriormente continuó Josep Puig i Cadafalch.

Diseñó cubiertas de libros, letras capitulares adornadas e historiadas, orlas, exlibris y guardas, y también rotuló cabeceras para revistas y diarios. Diseñó asimismo los sobres que utilizaría con su socio de la primera época, Josep Vilaseca. En todas estas actividades empleó un mismo lenguaje ornamental, que también aplicaría a su obra arquitectónica.

HISTORIADOR Y ARQUEÓLOGO

Su interés por las disciplinas de la historia y la arqueología es difícil de datar, ya que le acompañó desde la niñez y a lo largo de toda su vida. Domènech aplicaba sus conocimientos históricos a la ornamentación de sus obras arquitectónicas.

La atracción que sobre él ejercía el pasado histórico no solo se limitaba al nacionalismo catalán sino que era de magnitud universal (y de ahí su extensa erudición) y mostró una gran admiración por el contexto histórico-artístico español.

Su producción escrita de estudios históricos, tanto arquitectónicos como estilísticos en general, fue una constante a lo largo de toda su vida: desde un primer artículo en el Album Pintoresch-monumental de Catalunya sobre el monasterio de Sant Cugat del Vallès en 1878 (a los veintiocho años) hasta la publicación póstuma de un monográfico sobre el monasterio de Poblet en 1925, pasando por conferencias y escritos sobre temas tan diversos como las características propias de la arquitectura catalana a través de distintas épocas y estilos artísticos, el templo romano de Barcelona, el baptisterio de Centcelles, la historia del arte románico en Cataluña o los jarrones hispanoárabes, entre muchos otros. Su obra más importante fue la ya mencionada Historia general del arte, de la que fue editor y cuyo primer volumen escribió. El resto de los volúmenes corrieron a cargo de Puig i Cadafalch.

A pesar de una serie de decepciones políticas que le llevaron a abandonar esta faceta de su actividad pública, Domènech continúo difundiendo apasionadamente el catalanismo, pero ya solo en el ámbito estrictamente cultural.

Fruto de sus investigaciones tenemos obras como Centcelles. Baptisteri i celle[r]: memòria de la primitiva església metropolitana de Tarragona (1921), Història i arquitectura del monestir de Poblet (1925), La iniquitat de Casp i la fi del Comtat d’Urgell (1930) y Ensenyes nacionals de Catalunya (1936), las tres últimas publicadas póstumamente, con la colaboración de su hijo Fèlix Domènech i Roura.

ACADÉMICO

Domènech fue nombrado miembro de la Academia Provincial de Bellas Artes de Barcelona (la actual Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi) en 1901, sin discurso de ingreso, y por extensión en 1903 de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

En 1921, ya en las postrimerías de su vida, fue nombrado miembro de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, con un discurso de ingreso sobre el baptisterio de Centcelles.

LOS JUEGOS FLORALES

Domènech asistió desde muy joven a los Juegos Florales de Barcelona, fundados en 1859 y vinculados a las corrientes culturales catalanistas. En 1877 dibujó la cabecera para sus publicaciones y en 1878 diseña una primorosa cubierta para la publicación del poema ganador, La Atlántida de Jacint Verdaguer.

Fue mantenedor de los juegos en 1881, la primera de las dos ocasiones en que participó en el Consistorio de los Juegos Florales de Barcelona, en ese caso solo como jurado. En aquel entonces tenía ya una estrecha relación con el mundo literario, por su vinculación con el catalanismo y por su participación en el negocio editorial familiar. Los Juegos Florales estaban plenamente consolidados y ese año fueron presididos por Jacint Verdaguer.

En 1895 fue presidente del Consistorio de los Juegos Florales, en un momento de intensa militancia política. En su discurso inaugural, Domènech insistió en el vínculo del catalanismo con los juegos: «Los Juegos Florales tienen que ser una fiesta patriótica o dejar de existir».

EL ATENEO BARCELONÉS

Domènech fue socio de esta entidad desde muy joven, y participó destacadamente en las actividades de la Sección de Bellas Artes. Se conservan cartas, así como un esbozo de 1878 para la reforma de los espacios que la entidad tenía alquilados en el Teatro Principal, en la barcelonesa Rambla de los Capuchinos, pero que no llegó a realizarse. En 1898 fue elegido presidente con una gran mayoría de los votos. Su discurso inaugural versó sobre el catalanismo y las condiciones del pueblo catalán. La actividad del Ateneo era muy intensa, y se trataba de una de las pocas entidades en las que coincidían personas de tendencias políticas diversas y de profesiones y procedencias sociales muy distintas. Fue por ello una de las entidades que el catalanismo político intentó controlar. Domènech fue reelegido en 1899.

Ocupó de nuevo la presidencia en 1904 y 1905. En el discurso presidencial de 1905, que no fue publicado, habló sobre sus estudios del románico catalán. Durante su mandato, el Ateneo adquirió un local propio, el palacio del barón de Savassona, situado en la calle Canuda. Las reformas del edificio para alojar el Ateneo fueron dirigidas por Font i Gomà, con el asesoramiento de Domènech.

Fue reelegido en 1911, 1912 y 1913. Hasta entonces nadie había sido elegido presidente en siete ocasiones. Antes y durante las presidencias, su actividad fue constante, con numerosas conferencias y aportaciones a la dinámica cultural y social de la entidad.

PERIODISTA

Domènech i Montaner desarrolló una extensa actividad como articulista en numerosas publicaciones, de inquietudes diversas: arte, enseñanza, teoría de la arquitectura, urbanismo, política, etc.

Empezó a colaborar en la revista La Renaixensa en 1875, y en 1878 publicó en ella su famoso artículo «En busca de una arquitectura nacional». Colaboró en La Veu de Catalunya, tanto en el semanario como en el diario, en La Ilustració Catalana de Francesc Matheu, Lo Catalanista de Sabadell, La Ilustració Llevantina, El Poble Català, el Butlletí de l’Ateneu Barcelonès, el Anuario de la Asociación de Arquitectos de Cataluña, Hispània, etc.

HERÀLDICA

En los últimos años de su vida, desengañado de la política y a pesar de los reconocimientos, Domènech se fue distanciando de los grandes proyectos arquitectónicos, que delegaba en su hijo o en su yerno, para dedicarse casi exclusivamente a la investigación arqueológica y a la historia. Mostró un gran interés por los estudios de heráldica desde el punto de vista tanto científico como artístico. Estudió los códigos del simbolismo civil a través de su representación heráldica en tumbas, tapices, sellos, ropajes, miniaturas, códices, crónicas, monedas, cerámicas, monumentos, etc.; desde la Germania Magna hasta el Mediterráneo, pasando por celtas o bizantinos, que luego formarían parte de su propio lenguaje ornamental. Compiló centenares de modelos de emblemas heráldicos consultando bibliografía especializada de los siglos XVII y XVIII. Generó un extenso corpus de material, recopilado y preparado durante años de estudio por medio de excursiones, de colaboraciones con las sociedades arqueológicas de Barcelona y Tarragona y la Asociación Catalanista de Excursiones Científicas (más tarde el Centro Excursionista de Cataluña, CEC), así como de sus constantes visitas y consultas a distintos museos, archivos y bibliotecas, como el Archivo Histórico de Madrid, Archivos Nacionales de Francia, Biblioteca de El Escorial, la Biblioteca Real de Bélgica, etc. A partir de todos estos trabajos, y con la colaboración de sus hijos, publicó tres grandes estudios: Armorial històric de Catalunya, ganador del Premio Martorell de Arqueología en 1922, Nobiliari general català de llinatges, con su hijo Fèlix (con una amplia compilación de enseñas, hasta 4.300 blasones), publicado en 1923, y Ensenyes nacionals de Catalunya, obra póstuma publicada por Fèlix en 1936.

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